Ninguna cicatriz vino de un enemigo. Todas vinieron de personas que decían quererme. Inmaculada González Imbernón reflexiona sobre la paradoja de la confianza y la traición en los círculos cercanos, y por qué, a pesar de todo, actuar con buen corazón sigue siendo lo que más felicidad da.

ninguna cicatriz vino de un enemigo… todas vinieron de personas que decía quererme. Las personas aprendemos a protegernos de las amenazas obvias, pero nos cuesta más con las traiciones de quienes confiamos. La paradoja es que las mismas personas pueden ser refugio y tormenta, dependiendo del momento vital. a pesar de todo, lo que más felicidad me da es seguir actuando con un buen corazón.